Era la hora en que la gente enciende las luces y él, al ver brillar una, se puso en pie y caminó hacia ella; así llegó ante una casa que parecía muy pequeña, pues enfrente de ella había un gigante. «Si entras y el gigante te ve –se dijo–, puedes perder fácilmente la vida.» Sin embargo, al fin se decidió a acercarse. Al verlo, el gigante exclamó:
–¡Qué bien que estás aquí! Hace mucho tiempo que estoy sin comer, así que me servirás de cena.
–¡No trates de hacerlo! –dijo el hombre–. A mí no me gusta ser tragado. Si quieres comer, tengo bastante con qué satisfacerte.
–Si tal cosa es verdad –dijo el gigante– puedes quedarte aquí tranquilamente; yo sólo quería comerte porque no tengo otra cosa que llevarme a la boca.
Entonces se sentaron a la mesa y el hombre sacó el pan, el vino y la carne que nunca se agotaban.
–¡Esto sí que me gusta! –exclamó el gigante, y comió hasta saciarse.
Después el hombre le preguntó:
–¿No podrías decirme dónde queda el castillo dorado de Stromberg?
–Voy a mirar en mi mapa –respondió el gigante–; en él se encuentran todas las ciudades, aldeas y casas.
Miró en el mapa que tenía en el cuarto y buscó el castillo, pero no estaba allí.
–No importa –dijo–; arriba, en el armario, tengo mapas más grandes. Buscaremos en ellos.
Pero también fue en vano. Así que el hombre quiso seguir su camino, pero el gigante le rogó que esperara unos días más, hasta que volviera su hermano que había salido en busca de víveres. Cuando éste regresó, le preguntaron por el castillo dorado de Stromberg y él respondió:
–Después de comer, y cuando esté satisfecho, lo buscaré en el mapa.
Subió con ellos a su cuarto y buscaron en el mapa, pero no pudieron hallarlo; sin embargo, el hermano trajo todavía otros viejos mapas, hasta que al final hallaron el castillo dorado de Stromberg: estaba a muchos miles de millas de distancia.
–¿Cómo llegaré hasta allí? –preguntó el hombre.
–Dispongo de dos horas– le respondió el gigante– y te acercaré a él, pues debo volver enseguida a casa para alimentar al hijo que tenemos.
Entonces lo cargó en sus hombros y lo llevó hasta un lugar que distaba cien horas de marcha del castillo.
–El resto del camino lo puedes hacer fácilmente solo –le dijo, y regresó.
de 'La cuerva' (fragmento)
en "Cuentos de la infancia y del hogar"
Hermanos Grimm
trad. Ulrique Michael y Hernán Valdés
ed. Bruguera (1983)