–A veces pienso en lo que sería el mundo si no hubiera hombres.
–Y entonces el pensamiento de ese pensamiento que no habría conocido el pensamiento, ¿qué pensaría?
–Te equivocas. Muchos animales sueñan. Muchos también meditan. En todo caso, estoy seguro de que las especies vivas serían más numerosas. La tierra sería aún más espléndida.
–¿Cómo sería posible algo así? Si los hombres no hubieran aparecido en la tierra, nadie percibiría su esplendor.
–Acabo de explicarte que no creo que los animales sean insensibles al medio que animan, siembran, amplían.
–Aunque nadie sabría cuán bella es la naturaleza sin el lenguaje que, de estación en estación, la devuelve a sí misma, descifra sus anuncios, lamenta sus derrotas y discierne sus estados, sin el juicio que confronta lugares y seres, sin los viajes que rrecorren el espacio de un lado a otro para nombrar promontorios más vertiginosos y sublimes, sin las innumerables lenguas que evocan de manera siempre sorprendente, siempre diferente, la misma explosión estelar, luego volcánica, viva, sin el resto de aniquilamiento que precede al origen, sin ese extraordinario rastro de nube, de tormenta, de noche que se mantiene detrás de la epifanía, sin el adiós que constituye la muerte en el fondo de cada uno de nosotros.
–La vida viviría aún más. La tierra captaría su proximidad salvaje, su olor, su color, su magnificencia, el más extraño sonido que lleva la más extraña onda, los gritos del alba tan extraordinaria y tan lingüística. A los animales les gusta erigirse y desear. A las flores les gusta brotar, abrirse, colorearse y desprender aromas. Las mariposas se maravillan al verlas: se abren a sí mismas como flores vivas cuando se acercan a las corolas y buscan succionar la savia. Incluso el cielo goza –explota– con la inverosímil luz que propaga.
de 'Acerca de la belleza del mundo' (fragmento)
en "Crítica del juicio"
Pascal Quignard
trad. Melina Balcázar
ed. Canta Mares (2025)