Un rey a caballo sobre un lobo: un traje rojo, un hombre armado, una mujer que lleva por detrás un escudo, un macho cabrío, un vellón, un caballo, un hombre de varias cabezas.
Papá, mamá, para que yo, Pocho y Mario sigamos todo el tiempo en el linaje humano, cuánto luchásteis vosotros a pesar de los bajos salarios del Perú, y tras de tanto tan sólo me digo: «venid, muerte, para que yo abandone este linaje humano, y nunca vuelva a él, y de entre otros linajes escoja al fin una faz de risco, una faz de olmo, una faz de búho».
Carlos Germán Belli
en "El libro de unos sonidos - 37 poetas del Perú"
El emperador le dijo a Kyoyu: –Eres un gran hombre, así que te voy a legar mi imperio, supongo que lo aceptarás. Pero Kyoyu, en vez de alegrarse, se enfadó mucho y le dijo: –¡Tus palabras han ensuciado mis oídos! –y se fue a un río cercano y se lavó las orejas a conciencia. A esto, pasó un labriego amigo suyo que conducía una vaca, y al verle le preguntó: –¿Qué es lo que estás haciendo, Kyoyu? ¿Por qué te lavas las orejas con tanto cuidado? –¡Calla, calla!, hoy no es mi día. El emperador quería hacerme su heredero. ¡Me quería dejar el Imperio! Mis oídos se han ensuciado con tales proposiciones, por eso me los estoy lavando. –¡Vaya! –dijo el labriego–. Y yo que había traído a mi vaca al río para que bebiera, ¡ahora resulta que el agua está sucia!.
Sigurd tomó el corazón de Fáfnir y lo puso a asar pinchado en una rama. Cuando ya le pareció que estaba bien asado y la sangre salía del corazón, entonces lo tocó con el dedo para ver si estaba tierno. Se quemó entonces y se metió el dedo en la boca. Pero así que la sangre del corazón de Fáfnir le tocó la lengua, aprendió el lenguaje de los pájaros.
Desprender con los diez dedos abiertos y ágiles, y levantar Una mancha, verde oscuro, de la que se usa para forrar los cestos fúnebres, Blanco y espeso como un felpudo pasado de moda, Las pequeñas espinas vueltas hacia la cara interna, mezcladas con raíces, Y bayas y hojas todavía adheridas a la parte superior; Esto era la recolección del musgo. Pero siempre algo huía de mí cuando cavaba y revolvía esas alfombras De verde, o me hundía hasta los codos en el fofo amarillento musgo de los pantanos; Y siempre después me sentía indigno, en el lento camino de retorno, Como si hubiera quebrantado el orden natural de las cosas en esa ciénaga; Alterando algún ritmo, antiguo y de vasta importancia, Desgarrando la carne del planeta vivo; Como si hubiese perpetrado, en contra del esquema total de la vida, un sacrilegio.
De pronto lo antiguo se precipita. Lo antiguo cae de las nubes. Es el rayo mismo. El trueno es la voz de este animal enorme y extremadamente negro que se llama tormenta. Los relámpagos saltan desde lo alto del cielo con el deseo de venir a tocar la tierra.
En el umbral de una casa de imponentes proporciones, la única casa de una ciudad, hecha con piedra del rayo, hay dos ruiseñores fuertemente entrelazados. El silencio del sol preside sus retozos. El sol se despoja de su falda negra y su corpiño blanco. Y desaparece. La noche cae de golpe con un estallido. Mirad a ese hombre: con el agua hasta las rodillas, se yergue orgulloso. Violentas caricias han dejado huellas luminosas en su cuerpo soberbio y nacarado. ¿Qué hace ese hombre de mirada turquesa y labios encendidos de deseos generosos? Ese hombre está dando alegría al paisaje. ¿Qué hace esa nube blanca? Esa nube blanca se está escapando, con un siseo, de un cesto volcado. Está dando vida a la naturaleza.