En primer lugar, hay que buscar un emplazamiento fijo para las abejas, donde no tengan entrada los vientos (pues los vientos impiden llevar a casa el alimento) y las ovejas y los cabritos retozones no brinquen entre las flores, ni la novilla vague por la llanura sacudiendo el rocío y quebrando las plantas que crecen. Hay que alejar también de las sabrosas colmenas los lagartos de lomos pintados y llenos de escamas, los abejarucos y demás pájaros, y a Progne, que se ha señalado el pecho con las manos ensangrentadas. Pues llevan la devastación por todas partes y se llevan a las abejas en el pico volando, dulce comida para sus nidos despiadados. En cambio, debe haber cerca fuentes cristalinas, charcas que verdean de musgo y un riachuelo estrecho perdido entre la hierba. El vestíbulo debe sombrearlo una palmera o un acebuche grande, de modo que cuando los nuevos reyes guíen los enjambres en la primavera como es lo suyo, y ande jugueteando la juventud salida de los panales, una ribera vecina les invite a apartarse del calor y las retenga un árbol en su camino con la hospitalidad de su follaje. En medio del agua, tanto si está quieta como si corre, echa de través troncos de sauce y piedras grandes, para que haya bastantes puentes en que puedan posarse y extender las alas al sol del verano, si acaso el euro ha salpicado a las retrasadas o los ha zambullido furiosamente en las aguas. Que florezcan alrededor jaras verdes, serpollos de intensa fragancia y buena cantidad de ajedrea de olor pesado; que los violares beban de la fuente que los riega.
de 'Libro IV' (fragmento)
en "Bucólicas - Geórgicas"
Virgilio
trad. Bartolomé Segura Ramos
ed. Alianza (1983)

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