lunes, 7 de diciembre de 2015

la tormenta







   Sucedió una vez que los vientos soplaron con fuerza sobre el Gran Agua y el hombre no pudo salir a pescar a causa del agitado estado de las aguas. Durante muchos días permaneció a la orilla, porque el océano, que generalmente estaba en calma, ahora estaba enfurecido, y las olas golpeaban la playa. Enseguida la gente necesitó pescado para poder comer. Y el niño dijo:
   –Yo saldré con vosotros, porque puedo domar al Espíritu de la Tormenta.
   El hombre no quería ir, pero finalmente escuchó las súplicas del muchacho y juntos salieron a pescar en el mar enfurecido. No habían ido muy lejos cuando se encontraron con el Espíritu de la Tormenta, que venía con salvaje furia desde el Sudoeste, la morada de los grandes vientos. Trató de volcar su barca, pero no tenía poder sobre ellos, porque el niño fue guiando la frágil barquilla por el agua y en torno suyo el mar estuvo inmóvil y en calma. Entonces el Espíritu de la Tormenta llamó a su sobrino, Nube Negra, para que le ayudase, y pronto vióse desde el Sudeste que venía presuroso en ayuda de su tío. Pero el niño le dijo al hombre:
   –No tengas miedo, porque yo soy algo más que un rival para él. 
   Así que ambos se encontraron, pero cuando Nube Negra vio al niño desapareció rápidamente. Entonces el Espíritu de la Tormenta llamó a Niebla del Mar para que viniera y cubriera el agua, pensando que entonces la barca se perdería, si escondía la tierra de la vista del hombre y del niño.
   Cuando el hombre vio a Niebla del Mar que se acercaba cubriendo el agua con su vapor gris, se asustó mucho, porque de todos sus enemigos del océano, éste era al que más temía. Pero el niño dijo:
   –No te hará daño alguno, mientras yo esté contigo.
   Y ciertamente así fue, porque cuando Niebla del Mar vio al niño sentado en la barca sonriendo, desapareció tan rápidamente como había venido. Y el Espíritu de la Tormenta muy enfadado se marchó a otro lugar, y aquel día no hubo más peligro alguno en el mar, cerca de las profundidades donde se pesca.













fragmento de 'El niño del cielo rojo del atardecer'
en "El niño del cielo rojo del atardecer 
y otros cuentos indios del Canadá"
Cyrus MacMillan
trad. Carmen Bravo-Villasante
ed. Olañeta (1994)


domingo, 6 de diciembre de 2015

tradición






   Un prefecto recién llegado a su cargo ofreció un gran banquete a los notables de la ciudad. En medio de los vinos y del regocijo, un cantor saludó en estos términos al recién llegado:
   –Al antiguo magistrado uno nuevo lo reemplaza, a la estrella de la desgracia, una estrella de felicidad la sucede.
   Al oírse llamar «estrella de felicidad», nuestro prefecto, lleno de júbilo, se apresuró en preguntarle al cantor:
   –¿Quién es el autor de estos versos?
   –Es tradición la de cantar de esta manera después de la partida de un prefecto y a la llegada de su sucesor. A todos los saludamos con esa misma canción– contestó el cantor.















en "Fábulas antiguas de China"
ed. Ediciones en Lenguas Extranjeras (1989)



sábado, 5 de diciembre de 2015

fatuos








   En la orilla del gran río, cuyas ondas corrían bravas y crecidas por obra de abundantes lluvias, alzábase la cabaña del anciano barquero, quien dormía en ella fatigado de los trabajos del día. A medianoche, unas voces lo despertaron; eran de viajeros que querían atravesar el río.
   Al salir por la puerta, vio dos grandes fuegos fatuos sobre la amarrada barca, los cuales le dijeron que tenían mucha prisa de verse en la otra orilla. El viejo no vaciló un momento: soltó las amarras y con su acostumbrada habilidad dirigió la barca cortando la corriente, mientras los desconocidos cuchicheaban veloces en un extraño lenguaje, prorrumpiendo de cuando en cuando en estrepitosas risas, y saltando alegremente sobre los bordes, los bancos y el fondo de la embarcación. 
   –La barca se bambolea y va a zozobrar si no os estáis quietos –dijo el viejo–; sentaos, fuegos fatuos.
   De oir tal orden estallaron en grandes carcajadas, se mofaron del anciano y estuvieron aún más juguetones que antes. El viejo sufrió con paciencia sus travesuras, y bien pronto atracó en la ribera opuesta.
   –¡Tomad! ¡Por vuestro trabajo! –dijeron los viajeros, y sacudiendo sus vestiduras, dejaron caer en el húmedo fondo de la barca muchas resplandecientes monedas de oro.
   –¡Cielo santo! ¿Qué hacéis? –exclamó el anciano–. ¡Podéis causarme la mayor desventura! Si una sola de esas monedas de oro hubiera caído al agua, el río, que no puede soportar ese metal, se habría alzado en espantosas olas, me habría tragado con mi barca y quién sabe lo que habría sido de vosotros, ¡Recoged vuestro dinero!
   –No podemos recoger lo que se ha desprendido de nosotros –respondieron.
   –Entonces –dijo el viejo, poniéndose en cuclillas para reunir en su gorra las monedas–, me dáis además el trabajo de recogerlas, de desembarcarlas y de enterrarlas en una cueva.
   Los fuegos fatuos saltaron fuera de la barca, y el viejo les preguntó:
   –¿Dónde está el precio de mi trabajo?
   –¡Quien no quiere oro que trabaje de balde! –exclamaron los otros.
   –Deberíais saber que a mí sólo puede pagárseme con frutos de la tierra.
   –¿Con frutos de la tierra? Los despreciamos y no los hemos probado nunca.
   –Pues no os soltaré hasta que me prometáis traerme tres coles, tres alcachofas y tres cebollas. 
   Los fuegos fatuos pretendían escabullirse bromeando; pero se sintieron como clavados al suelo de modo incomprensible; era la impresión más desagradable que habían recibido en toda su vida. Prometieron cumplir en breve lo que se les pedía, y el viejo les dio libertad y se volvió a la barca. 
   Estaba ya apartado cuando los otros le gritaron:
   –¡Anciano! ¡Anciano! ¡Escúchanos! ¡Hemos olvidado lo más importante!
   Pero estaba lejos y no los oyó.
















J. W. Goethe (1749-1832)
fragmento de 'La serpiente verde'
en "La nueva Melusina"
trad. Josep Lleonart
ed. Obelisco (1985)

viernes, 4 de diciembre de 2015

visión







una visión

El caballero de la blanca armadura levanta entonces su brazo derecho frente al foso de la fortaleza la mano brilla envuelta en vendajes oscuros chamuscados con un resplandor blanco la mano está muy herida y parece arder como una antorcha su brazo izquierdo cuelga inerte latiendo contra el metal entre codo y hombro un feroz tajo ha segado músculos y tendones y la sangre en oscuros cuajarones espera por el lienzo 
que mutará su color



un sueño

Lejos a sus espaldas grises nubes se condensan más allá de la ladera sobre la costa el viento sopla y encrespa la espuma y mientras las mareas inundan la playa entre los pinos dos niños corren alertas ellos saben de los secretos de las corrientes chapoteando sobre las charcas y lagunas 

de la arena entregados remontando una pequeña cometa de papel
bajo el umbral de la tormenta


















'visión'
en "Fluvial" (1997)
Ricardo Messina


jueves, 3 de diciembre de 2015

los músicos del espacio






Alondras estridentes se quiebran contra un espejo y desde entonces son frutos que cantan el Aleluya. Sus gargantas transparentes se han vuelto puntos negros perdidos en el marfil de las vértebras. Un grito de vidriero las devolvió a su plumaje de cristal.
   Después de la última cosecha, el hombre y la mujer ya no se conocerán. Pero estarán de pie. Las herramientas serán por fin herramientas; luego dormirán sobre un jergón. La lluvia será un harpa en la que nuestras manos desconocidas beberán.
   Un cielo en crecimiento perdió un día su armadura. Perdió su sol. Un solo plegamiento del invierno fijó su delirio. Un castillo lanzó sus anclas de piedra para afirmarlo. Un guerrero vestido de negro hace sonar el cuerno mientras contempla la tierra.












'Los músicos del espacio'
Maurice Blanchard (1890-1960)
en "Antología de la poesía surrealista"
trad. Aldo Pellegrini
ed. Fabril (1961) 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

albergue





   De veras se trataba de una noche extraña y terrorífica. La lluvia caía a raudales y torrentes, en chorros y lagos de agua, el relámpago restalló, encendido y zigzagueante, en bolas y cataratas de fuego; el viento golpeó la casa con violencia hasta hacerla tambalear sobre sus cimientos.
   –¡Mirad –exclamó de pronto Diarmid–, aquel Rostro!
   –Yo no vi nada –dijo Fionn.
   –Un rostro más resplandeciente que el relámpago miró hacia adentro por la ventana –dijo Diarmid.
   –Aparta tus ojos de cosas tales –dijo Cunnaun–, ¡no te traerán ninguna buena suerte!
   Por un rato, todos se sentaron alertas y en silencio.
   –¿No escucháis una voz que se lamenta y llora pidiendo amparo? –dijo Diarmid.
   –Te digo, Diarmid –rezongó Cunnaun–, que estas cosas van a aniquilarte. Envuélvete el manto firme alrededor de rostro y cabeza, y repite para ti mismo una canción que te adormezca.
   Pero Diarmid fue hacia la puerta y se quedó escuchando. Oyó una débil vocecita, como la voz de un niño que lloraba en forma lastimera. 
   –Dejadme entrar, dejadme entrar. ¡Tengo tanto frío!
   –Fionn –dijo Diarmid–, afuera hay un niño que suplica albergue.
   –No lo creo –dijo Fionn.
   –Escúchale –exclamó Diarmid–, está diciendo, una y otra vez: «Tengo tanto frío, la lluvia me ha empapado, dejadme entrar.»
   –Es un Demonio del Aire –dijo Cunnaun– o una Piast del Lago Negro de aquí cerca. Ciérrale tus oídos, acaso sea un Dragón de Bajo el Mar.
   –Fionn –dijo Diarmid–, ¡clama con voz tan menuda! Tú me has enseñado que los Fianna nunca deben negar albergue. Usheen por sí solo podría enfrentar a un Demonio; tú podrías enfrentar a diez.
   –Diarmid– dijo Fionn–, si estás decidido a abrir la puerta, ábrela. Pero deberás habértelas por ti mismo con lo que sea que cruce el umbral. No esperes consejo ni ayuda de ninguno de nosotros.













fragmento de "La Hija del Rey del País Bajo las Olas"
en "El caballo recubierto de maraña"
Ella Young (1867-1956)
trad. Mónica Cumar y Juan Zegers
ed. Columba (2002)

martes, 1 de diciembre de 2015

bonita









La garza es como yo: blanca y bonita.
Yo no hago nada.
Blanca es la garza del Ucayali.
Tú me esperarás en mi casa, allá donde todo es bonito.

Siempre nos veremos,
yo llevaré mi fuego y tú me esperarás, solo.
Ahora mírame bien: estoy ebria de masato.
Y nos iremos al Ucayali;
nos iremos los dos, nadando.




















Canto Campa (selvas del Perú)
compilado por Alejandro Romualdo
en "Colibríes Encendidos"
ed. Leviatan (1998)