lunes, 9 de noviembre de 2015

pecados







   Cuando Dante salió del Purgatorio, bebió del río donde todos sus pecados fueron lavados de su memoria. El primer río del que había bebido le había perdonado todos sus pecados, pero eso no era suficiente, porque todavía le faltaba olvidarlos.













Joseph Campbell (1904-1987)
en "Reflexiones sobre la vida"
trad. César Aira
ed. Emecé (1995)

domingo, 8 de noviembre de 2015

huevo






   Cada vez más atrás, hasta que se detuvo en un punto que era el último porque había sido el primero.

   Todavía no existía el espacio, sino una superficie convexa, revestida de miles y miles de escamas. Se extendía más allá de cualquier mirada. Siguiendo las escamas hacia abajo descubrió que se pegaban a otras escamas, de igual color, y que se entrelazaban en nudos múltiples, cada vez más apretados. El ojo se confundía, y no identificaba a cuál de las dos pieles serpentinas pertenecían las escamas. Siguiendo hacia arriba, hacia la cabeza de las dos serpientes anudadas, el cuerpo de la primera serpiente se erguía y las escamas se convertían en algo que ya no respondía a la naturaleza de la serpiente: era el rostro de un dios, el primer rostro que reveló qué es el rostro de un dios, y lo rodeaban dos grandes cabezas, de león y de toro, mientras de los hombros se expandían unas alas inmensas y sutiles. En la parte superior, el brazo blanco de una mujer se entrelazaba con el brazo del dios, así como en la inferior se enlazaban las colas de las dos serpientes. Mirando fijamente el rostro del dios estaba el rostro de la mujer que, con el otro brazo, detrás del cual temblaba un ala inmensa, llegaba hasta el extremo de todo: allí donde alcanzaba la punta de sus uñas terminaba el Todo. Eran una pareja majestuosa e inmóvil: eran Tiempo-sin-vejez y Ananque.

   Del coito que se ocultaba en el nudo de su abrazo nacieron Eter, Caos y Noche. Un vapor tenebroso se superponía a las dos serpientes aladas. Tiempo-sin-vejez espesó aquella niebla oscura en una materia que adoptó poco a poco una forma oblonga. Y, mientras tanto, una claridad se expandía de aquella envoltura que fluctuaba en el vacío como una túnica blanca o un jirón de niebla. Luego, separándose de Ananque, la serpiente se enroscó alrededor del huevo luminoso. ¿Quería triturarlo?

   Al fin la forma se rompió. Desprendía una luz radiante. Apareció el aparecer. Sólo se percibía la invasión de la luz y no se distinguía la figura de la que procedía. La noche fue la única en verla: cuatro ojos y cuatro cuernos, alas de oro, cabezas de carnero, toro, león y serpiente esparcidas sobre un cuerpo joven y humano, un falo y una vagina, cascos. Después de haber roto la envoltura, el padre serpiente se enroscaba alrededor del cuerpo del hijo. En la parte superior se reconocía la cabeza del padre que miraba al hijo y una hermosa cabeza de muchacho que miraba dentro de la luz emanada por su propio cuerpo. Era Fanes, el Protogonos, el primer nacido en el mundo del aparecer. Era la «llave de la mente».












Roberto Calasso
fragmento de "Las bodas de Cadmo y Harmonía"
trad. Joaquín Jordá
ed. Anagrama (1990)


sábado, 7 de noviembre de 2015

sangre









Nutrido en mares de sangre que bulle enfrentada,
allí especialmente (está lo que) los hombres llaman pensamiento;
en efecto, la sangre alrededor del corazón es para los hombres pensamiento.


Pues para los hombres el entendimiento crece en relación con lo (que está) presente.

















Empédocles (hacia 492-430 a.C.)
fragmentos 105 y 106.
en "Presocráticos -Fragmentos II"
trad. Ramón Cornavaca
ed. Losada (2011)

viernes, 6 de noviembre de 2015

Nautilus







   –¿No puede decirme cuántos hombres hay a bordo? ¿Diez, veinte, cincuenta, cien?
   –No puedo decírselo, Ned. Pero, créame, abandone por el momento la idea de apoderarse del Nautilus o de huir de él. Este barco es una obra maestra de la industria moderna y yo lamentaría no haberlo visto. Son muchos los que aceptarían de buen grado nuestra situación, aunque no fuese más que por contemplar estas maravillas. Así que manténgase tranquilo, y tratemos de ver lo que pasa en torno nuestro.
   –¿Ver? –dijo el arponero–. ¡Pero si no se ve nada! ¡Si no puede verse nada en esta prisión de acero! Navegamos como ciegos...
   No había acabado Ned Land de pronunciar estas últimas palabras, cuando súbitamente se hizo la oscuridad, una oscuridad absoluta. El techo luminoso se apagó, y tan rápidamente que mis ojos sintieron una sensación dolorosa, análoga a la que produce el paso contrario de las profundas tinieblas a la luz más brillante.
   Nos habíamos quedado mudos e inmóviles, no sabiendo qué sorpresa, agradable o desagradable, nos esperaba. Se oyó algo así como un objeto que se deslizara. Se hubiera dicho que se maniobraba algo en los flancos del Nautilus
   –Es el fin del final –dijo Ned Land.
   –Orden de las hidromedusas –se oyó decir a Conseil.
   Súbitamente, se hizo la luz a ambos lados del salón, a través de dos aberturas oblongas. Las masas líquidas aparecieron vivamente iluminadas por la irradiación eléctrica. Dos placas de cristal nos separaban del mar. Me estremeció la idea de que pudiera romperse tan frágil pared. Pero fuertes armaduras de cobre la mantenían y le daban una resistencia casi infinita. 
   El mar era perfectamente visible en un radio de una milla en torno al Nautilus. ¡Qué espectáculo! ¿Qué pluma podría describirlo? ¿Quién podría pintar los efectos de la luz a través de esas aguas transparentes y la suavidad de sus sucesivas degradaciones hasta las capas inferiores y superiores del océano?















Jules Verne (1828-1905)
frag. de "Veinte mil leguas de viaje submarino"
trad. Miguel Salabert
ed. Alianza (1987)

jueves, 5 de noviembre de 2015

el gusano de seda









–Es un bicho muy feo y muy difícil de dibujar, y su capulio tiene como un quilómetro de largo.

–El gusano de seda se viene desde Asia Central en primavera.

–Comen con mucha voracidez.

–El gusano se transforma en oruga, y no puede disfrutar nada porque en seguida se tiene que transformar en mariposa.

–Los gusanos pueden medir 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, o 1 centímetros, según.














de "El humor en la escuela"
José María Firpo
ed. Arca (1977)


miércoles, 4 de noviembre de 2015

armonía









La armonía invisible es más fuerte que la visible.




















Heráclito (540 a.C.-480 d.C.)
en "Presocráticos - Fragmentos I"
trad. Ramón Cornavaca
ed. Losada (2008)

martes, 3 de noviembre de 2015

ciénaga







   Allí estaban, pues, los innumerables cangrejos de mar, grandes y pequeños, que se metían rápidamente en sus escondrijos al menor movimiento nuestro; corrían oblicuamente a través del banco de arena, criaturas de porcelana que alzaban sus pinzas azules y rojas de un colorido muy vivo. Allí estaban los arbustos y árboles alzados sobre sus zancos, con sus hojas duras, que hacían pensar en el laurel; bajo la uniformidad de su color se ocultaban numerosas y variadas especies animales; de aquellas plantas goteaba agua. Allí estaban también sus frutos, embriones ya maduros, esbeltos torpedos de color verde provistos de una corona de pestañas que garantizaba su caída vertical. Pude tenerlos en mis manos. Aquellos embriones tenían, en efecto, que hundirse profundamente en el fango y echar raíces enseguida para poder hacer así frente al continuo sucederse de la pleamar y de la bajamar. Allí estaban también, finalmente, los peces que respiran con pulmones y trepan por las raíces desnudas; cuando yo caminaba a lo largo de la orilla se dejaban caer al agua como si fuesen ranas y se alejaban deslizándose por la superficie, parecidos a canoas.
   Era aquél un extraño semimundo, o un mundo doble, un reino de seres anfibios después de un diluvio  o en una laguna del Carbonífero. Su medio propio era el fango. Varias de aquellas criaturas habían salido del agua, otras querían regresar a ella. También en el conjunto era posible notar atmosféricamente la presencia de Proteo, como si en unos sitios el devenir se hubiera reconcentrado y en otros se hubiera vuelto intemporal en su ajetreo más íntimo: en los vapores que ascendían y se mezclaban con las gotas que caían, en las aguas que bullían y hervían, en los minúsculos cráteres que se abrían en los bancos de fango: indicios mil de una actividad oculta, que los sentidos apenas podían rozar en su superficie. Y, sin embargo, una vez más volvía a reinar la calma.











Ernst Jünger (1895-1998)
en "Pasados los setenta I (1965-1970)"
trad. Andrés Sánchez Pascual
ed. Tusquets (1995)