Tenían salpicaduras de esperma que se habían petrificado encima de sus cabezas.
En la época neolítica, los ciervos, al huir de los hombres, fugitivos por principio, siempre indomesticables, salvajes hasta el fondo de sus almas, superaban al caballo en la jerarquía de los animales de tan irresistible que parecía su belleza. Esa preeminencia era insoportable para la vanidad del caballo, que lo combatía hasta el corazón de la noche. Lo combatía en el corazón de los claros, regularmente, todos los meses de noviembre.
Duelo indeciso.
En el claro, de noche, bajo la luna, a toda hora, el caballo saltaba relinchando hacia el cielo.
El ciervo bramaba en la sombra, lanzando su esperma al vacío.
Ante cada ataque, las ramas rechazaban las crines.
El bramido rechazaba el relincho, fuera del bosque oscuro, hacia la llanura.
Cuando se alzaba el día, el ciervo iba a beber a la fuente oculta en el corazón del bosque, bajo el peso de los ramajes más sombríos.
Durante ese tiempo, el caballo pacía sobre la linde, a la luz del sol, magnífico, el pelaje cubierto de rocío.
de 'La cincha de la vergüenza' (fragmento)
en "Los desarzonados"
Pascal Quignard
trad. Silvio Mattoni
ed. El cuenco de plata (2013)

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